Jueves Santo

Cena del Señor
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Vivir cada día para la gloria de Dios

Mensaje del Papa Francisco a latinoamericanos y a españoles

ABRIL 17, 2019 11:48LARISSA I. LÓPEZAUDIENCIA GENERAL
(ZENIT – 17 abril 2019).- “Pidamos al Señor que la celebración de la Pascua no sea sólo un momento más en nuestra vida, sino que nos impulse a vivir cada día para la gloria de Dios, confiando al Padre las pruebas que nos afligen y encontrando en Él el abrazo misericordioso que nos anima a perdonar a los demás”.

Estas son las palabras del Papa Francisco dirigidas a los hispanohablantes durante la audiencia general celebrada hoy, 17 de abril de 2019, en la plaza de San Pedro.

El Papa ha saludado y bendecido a los peregrinos de lengua española procedentes de España y América Latina durante la catequesis en torno a tres palabras que Jesús dirige al Padre en distintos momentos de su Pasión. A través de los mismos, el Pontífice ha reflexionado sobre la gloria, sobre la confianza en Dios como Padre ante la desolación y el dolor y sobre el poder del perdón.

Frases del Papa el Domingo de Ramos

“Queridos jóvenes, no os avergoncéis de mostrar vuestro entusiasmo por Jesús, de gritar que él vive, que es vuestra vida”.

“Y cuando sintáis que os pide que renunciéis a vosotros mismos, que os despojéis de vuestras seguridades, que os confiéis por completo al Padre que está en los cielos, entonces alegraos y regocijaos. Estáis en el camino del Reino de Dios”.

“Quiero recordar a tantos santas y santos jóvenes, especialmente los de la puerta de al lado”.

“Es impresionante el silencio de Jesús en su pasión, que vence la tentación de responder y de ser mediático”.

“Tener el coraje de callar, con un silencio humilde y no rencoroso”.

Hna. Marie de Magdala

Queridos Hermanos: esta mañana hemos recibido la triste noticia del fallecimiento de nuestra Hna. Marie de Magdala. Los que estuvieron en La Puye tuvieron la oportunidad de conocerla. Otros no la conocieron personalmente pero sí a través de sus escritos sobre la vida de nuestros fundadores, además de artículos y reflexiones sobre la historia de la Congregación, sus orígenes y la vida de las primeras Hermanas.
Esta es la comunicación de nuestra Superiora General:
“Yo soy la luz del mundo.
El que me sigue no andará en tinieblas, tendrá la luz de la vida “.

Queridas hermanas
y queridos amigos de las Hijas de la Cruz.

Con el evangelio de hoy, vengo a anunciar la muerte de la hermana María de Magdala. Nuestra hermana, querida por todos y todos los amigos de André Hubert y Jeanne Elisabeth, fue al Padre la noche del 7 de abril.
Después de un año, cuando se agregaron problemas de salud, uno detrás de otro, regresó a la residencia de ancianos en La Puye a fines de febrero.
Ella caminó detrás de Aquel que es la Luz, iluminó los rostros de los fundadores y nos ayudó a profundizar y actualizar el carisma. Con ustedes reconozco con inmensa gratitud y alegría su trabajo apasionado pero también su rostro de Hermana, profundamente humano, profundamente fraternal, profundamente eclesial, universal; profundamente hija de la cruz.
Con nuestro “santa en lo cotidiano” y con “el hombre del encuentro”, María de Magdala vive para siempre, en la “luz de la vida” que nos ha sido prometida e intercede por sus hermanas en todas partes.
Fraternalmente y unidas en oración y acción de gracias por su vida, con mis hermanas del Consejo.

Hermana Susana Felice
Superiora General

«La causa de la beatificación de Sor María Laura avanza bien».

Buenas noticias para toda nuestra Familia.

Las Hijas de la Cruz de Italia se complacen en informarles que en la tarde del 11 de marzo, el obispo de Como, Monseñor Oscar Cantoni, celebrará en la Iglesia de San Lorenzo en Chiavenna una misa para dar gracias al Señor por el don de Sor Maria Laura.

Estas buenas noticias fueron comunicadas a todos los fieles de la parroquia por el párroco Don Andrea Caelli, durante la eucaristía parroquial del 17 de febrero.

El cuerpo de nuestra Hermana se llevará en una capilla lateral de la parroquia y todos podrán disfrutar de su presencia.

El sacerdote también justificó este maravilloso evento:

«La causa de la beatificación de la hermana María Laura está progresando bien».

Cada Hija de la Cruz está invitada a «estar presente», uniéndose en oración en este momento de celebración porque es una celebración para toda nuestra Familia.

Mensaje de Cuaresma del Papa Francisco

«La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios» (Rm  8, 19)

Queridos hermanos y hermanas:

Cada año, a través de la Madre Iglesia, Dios «concede a sus hijos anhelar, con el gozo de habernos purificado, la solemnidad de la Pascua, para que […] por la celebración de los misterios que nos dieron nueva vida, lleguemos a ser con plenitud hijos de Dios» (Prefacio I de Cuaresma). De este modo podemos caminar, de Pascua en Pascua, hacia el cumplimiento de aquella salvación que ya hemos recibido gracias al misterio pascual de Cristo: «Pues hemos sido salvados en esperanza» (Rm 8,24). Este misterio de salvación, que ya obra en nosotros durante la vida terrena, es un proceso dinámico que incluye también a la historia y a toda la creación. San Pablo llega a decir: «La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios» (Rm 8,19). Desde esta perspectiva querría sugerir algunos puntos de reflexión, que acompañen nuestro camino de conversión en la próxima Cuaresma.

1. La redención de la creación

La celebración del Triduo Pascual de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, culmen del año litúrgico, nos llama una y otra vez a vivir un itinerario de preparación, conscientes de que ser conformes a Cristo (cf. Rm 8,29) es un don inestimable de la misericordia de Dios.

Si el hombre vive como hijo de Dios, si vive como persona redimida, que se deja llevar por el Espíritu Santo (cf. Rm 8,14), y sabe reconocer y poner en práctica la ley de Dios, comenzando por la que está inscrita en su corazón y en la naturaleza, beneficia también a la creación, cooperando en su redención. Por esto, la creación —dice san Pablo— desea ardientemente que se manifiesten los hijos de Dios, es decir, que cuantos gozan de la gracia del misterio pascual de Jesús disfruten plenamente de sus frutos, destinados a alcanzar su maduración completa en la redención del mismo cuerpo humano. Cuando la caridad de Cristo transfigura la vida de los santos —espíritu, alma y cuerpo—, estos alaban a Dios y, con la oración, la contemplación y el arte hacen partícipes de ello también a las criaturas, como demuestra de forma admirable el “Cántico del hermano sol” de san Francisco de Asís (cf. Enc. Laudato si’, 87). Sin embargo, en este mundo la armonía generada por la redención está amenazada, hoy y siempre, por la fuerza negativa del pecado y de la muerte.

2. La fuerza destructiva del pecado

Efectivamente, cuando no vivimos como hijos de Dios, a menudo tenemos comportamientos destructivos hacia el prójimo y las demás criaturas —y también hacia nosotros mismos—, al considerar, más o menos conscientemente, que podemos usarlos como nos plazca. Entonces, domina la intemperancia y eso lleva a un estilo de vida que viola los límites que nuestra condición humana y la naturaleza nos piden respetar, y se siguen los deseos incontrolados que en el libro de la Sabiduría se atribuyen a los impíos, o sea a quienes no tienen a Dios como punto de referencia de sus acciones, ni una esperanza para el futuro (cf. 2,1-11). Si no anhelamos continuamente la Pascua, si no vivimos en el horizonte de la Resurrección, está claro que la lógica del todo y ya, del tener cada vez más acaba por imponerse.

Como sabemos, la causa de todo mal es el pecado, que desde su aparición entre los hombres interrumpió la comunión con Dios, con los demás y con la creación, a la cual estamos vinculados ante todo mediante nuestro cuerpo. El hecho de que se haya roto la comunión con Dios, también ha dañado la relación armoniosa de los seres humanos con el ambiente en el que están llamados a vivir, de manera que el jardín se ha transformado en un desierto (cf. Gn 3,17-18). Se trata del pecado que lleva al hombre a considerarse el dios de la creación, a sentirse su dueño absoluto y a no usarla para el fin deseado por el Creador, sino para su propio interés, en detrimento de las criaturas y de los demás.

Cuando se abandona la ley de Dios, la ley del amor, acaba triunfando la ley del más fuerte sobre el más débil. El pecado que anida en el corazón del hombre (cf. Mc 7,20-23) —y se manifiesta como avidez, afán por un bienestar desmedido, desinterés por el bien de los demás y a menudo también por el propio— lleva a la explotación de la creación, de las personas y del medio ambiente, según la codicia insaciable que considera todo deseo como un derecho y que antes o después acabará por destruir incluso a quien vive bajo su dominio.

3. La fuerza regeneradora del arrepentimiento y del perdón

Por esto, la creación tiene la irrefrenable necesidad de que se manifiesten los hijos de Dios, aquellos que se han convertido en una “nueva creación”: «Si alguno está en Cristo, es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo» (2 Co 5,17). En efecto, manifestándose, también la creación puede “celebrar la Pascua”: abrirse a los cielos nuevos y a la tierra nueva (cf. Ap 21,1). Y el camino hacia la Pascua nos llama precisamente a restaurar nuestro rostro y nuestro corazón de cristianos, mediante el arrepentimiento, la conversión y el perdón, para poder vivir toda la riqueza de la gracia del misterio pascual.

Esta “impaciencia”, esta expectación de la creación encontrará cumplimiento cuando se manifiesten los hijos de Dios, es decir cuando los cristianos y todos los hombres emprendan con decisión el “trabajo” que supone la conversión. Toda la creación está llamada a salir, junto con nosotros, «de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21). La Cuaresma es signo sacramental de esta conversión, es una llamada a los cristianos a encarnar más intensa y concretamente el misterio pascual en su vida personal, familiar y social, en particular, mediante el ayuno, la oración y la limosna.

Ayunar, o sea aprender a cambiar nuestra actitud con los demás y con las criaturas: de la tentación de “devorarlo” todo, para saciar nuestra avidez, a la capacidad de sufrir por amor, que puede colmar el vacío de nuestro corazón. Orar para saber renunciar a la idolatría y a la autosuficiencia de nuestro yo, y declararnos necesitados del Señor y de su misericordia. Dar limosna para salir de la necedad de vivir y acumularlo todo para nosotros mismos, creyendo que así nos aseguramos un futuro que no nos pertenece. Y volver a encontrar así la alegría del proyecto que Dios ha puesto en la creación y en nuestro corazón, es decir amarle, amar a nuestros hermanos y al mundo entero, y encontrar en este amor la verdadera felicidad.

Queridos hermanos y hermanas, la “Cuaresma” del Hijo de Dios fue un entrar en el desierto de la creación para hacer que volviese a ser aquel jardín de la comunión con Dios que era antes del pecado original (cf. Mc 1,12-13; Is 51,3). Que nuestra Cuaresma suponga recorrer ese mismo camino, para llevar también la esperanza de Cristo a la creación, que «será liberada de la esclavitud de la corrupción para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21). No dejemos transcurrir en vano este tiempo favorable. Pidamos a Dios que nos ayude a emprender un camino de verdadera conversión. Abandonemos el egoísmo, la mirada fija en nosotros mismos, y dirijámonos a la Pascua de Jesús; hagámonos prójimos de nuestros hermanos y hermanas que pasan dificultades, compartiendo con ellos nuestros bienes espirituales y materiales. Así, acogiendo en lo concreto de nuestra vida la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, atraeremos su fuerza transformadora también sobre la creación.

Vaticano, 4 de octubre de 2018,
Fiesta de san Francisco de Asís

FRANCISCO